Archivos diarios: 27 enero 2009

El Wushu

El Wushu es un deporte tradicional que representa la esencia de la cultura china. Combinando las técnicas de lucha, el ejercicio físico y la hospitalidad en una unidad, el wushu sirve perfectamente no sólo para el fortalecimiento del cuerpo y la autodefensa, sino también para el alimento espiritual y la mejora de la virtud. La combinación perfecta del wushu con otras expresiones artísticas como el drama, la acrobacia, la danza, el cine, la televisión y la literatura complementa y enriquece a cada uno de ellos a la vez que genera un rico y diversificado arte del wushu. Con el progreso continuo del intercambio cultural internacional, el wushu se ha convertido en uno de los mensajeros más populares para la promoción de la cultura tradicional china en todo el mundo; y con el desarrollo del intercambio internacional del deporte, el wushu ha logrado abrirse un camino hacia la arena deportiva mundial como una disciplina popular que constituye un tesoro cultural compartido por el mundo entero.«

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MATSUMURA Y EL TORO

MATSUMURA Y EL TORO

De R. Kim, “The Weaponless Warriors”

Una historia muy famosa y muy contada (de diversas maneras), que tuvo mucha importancia en ganarle el título de bushi a Matsumura.

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La historia tuvo lugar en el reinado del rey Sho Ko, reinado marcado por intrigas cortesanas, corrupción y distribución del poder del rey en manos de un pequeño grupo de subordinados. Esta es una historia usual cuando el poder cae en manos de un líder de caracter débil.

Para mantener al pueblo tranquilo ante las constantes alzas de impuestos, el rey instituyó un evento anual de corrida de toros y artes marciales para entretener al populacho. Rápidamente se transformó en uno de los momentos cúspides del calendario local.

En un año en particular, luego que el rey había recibido un toro del Emperador de Japón, decidió hacerlo pelear con el mejor artista marcial de la isla, Matsumura. La proclamación del encuentro se regó a toda la isla, creando gran revuelo. La gente se olvidó de sus problemas y esperaron ansiosamente el combate del toro del rey y Matsumura en Aizo-Shuri.

Al escuchar del encuentro por decreto del rey, Matsumura decidió no tomar riesgos. Se encaminó hacia los establos del rey y visitó al cuidador del toro en su hogar. El hombre quedó completamente anonadado cuando vio a Matsumura, un hombre idolatrado por los okinawenses, considerado casi como un semi-dios. Sólo pudo mirarlo fijamente con los ojos desenfocados, aguantándo la respiración y boquiabierto.

“Podría ver al toro?”, preguntó Matsumura, intentando relajar al hombre.

“Lo que usted diga”, finalmente respondió incómodamente el cuidador y comenzó a guiar a Matsumura hacia el establo.

“Por favor no le mencione a nadie que he venido a ver al animal”, dijo Matsumura, “y asegúrese de que esté fuertemente amarrado”.

El cuidador lo miró extrañamente y asintió con la cabeza al tiempo que veía a Matsumura colocarse su equipo de batalla y una máscara. Asegurándose primero que el toro estuviese bien atado, Matsumura entró al corral y se acercó al animal cautelosamente. De su manga sacó una larga aguja y con ella punzó al toro en su nariz. La reacción fue estruendosa, el toro bramó ensordecedoramente y trató en vano de atacar a su atormentador. Matsumura satisfecho con los resultados, repitió este proceso cada día hasta que el toro aprendió a reconocerlo y a temerle.

Cuando llegó el día del encuentro, gente de toda la isla viajaron en masa hacia Aizo-Shuri, desde tan lejos como Hama-Higa. El aire estaba lleno de festividad y la gente se olvidó completamente de sus impuestos, en cambio, se preparaban para el espectáculo más grande sobre la Tierra: Matsumura peleando contra el toro de raza del rey.

Cuando el toro trotó al Arena, se produjo un silencio expectante y un sonido colectivo de admiración. Era un animal verdaderamente magnífico. Hasta el rey se debe haber preguntado si un ser humano podría vencer a tal bestia. El toro escarbó el suelo y resopló ferozmente y vítores surgieron del público. En una de las esquinas había aparecido Matsumura. Caminó lentamente hacia el toro, vestido en su equipo de batalla y máscara. Cuando el toro finalmente olfateó su aroma, dio un bramido de miedo y salió corriendo del Arena.

El público emitió un rugido estruendoso, nadie había visto ni escuchado de algo semejante en sus vidas, hasta el rey estaba asombrado, no se explicaba cómo Matsumura había logrado que el toro saliese sin siquiera haberlo tocado. Cuando finalmente recobró su compostura, anunció al público:

“Hoy por decreto real, Matsumura es nombrado ‘bushi’, en reconocimiento a su inusual habilidad en las artes marciales”.

De esta manera Sokon Matsumura llevó el título y nombre de “bushi” a la historia.

Contra un Tifón

Contra un Tifón

Por Yukio Togawa

Extraído de Karate-do, My Way of Life.

Sobre Gichin Funakoshi

63_23El cielo estaba negro, y desde ella salía un viento aullante que destruía todo lo que encontraba en su camino. Grandes ramas se desgarraban desde los grandes árboles como si fuesen delicadas ramas, polvo y guijarros volaban en el viento, golpeando dolorosamente los rostros humanos.

Okinawa es conocida como la Isla de los Tifones, y la ferocidad de sus tormentas tropicales desafía cualquier descripción. Para poder soportar el embate de los vientos que devastan la isla regularmente cada año durante la época de tormentas, las casas okinawenses son bajas y además son construidas tan robustas como les es posible; están rodeadas además por altos muros de piedra, y los techos de pizarra son adheridos con cemento. Pero los vientos son tan tremendos (algunas veces alcanzando velocidades de cientos de kilómetros por hora) que a pesar de las precauciones, las casas vibran y tiemblan.

Durante un tifón en particular, del cual me acuerdo, todas los habitantes de Shuri escondidos en sus hogares, rezando que el tifón pasara sin generar demasiada destrucción. No, me equivoco en decir que todos los habitantes estaban escondidos en sus hogares: había un joven hombre, sobre el techo de su hogar en Yamakawa-cho, que determinadamente luchaba contra la tormenta.

Cualquier persona que hubiese visto esta figura solitaria, con toda seguridad hubiese concluido que esa persona había perdido su sano juicio. Sólo vestido con un taparrabos, se paraba sobre las resbaladizas baldosas del techo y sujeto entre ambas manos, como para protejerse del viento aullante, un cubrepiso tatami. Debe haberse caído varias veces desde el techo al suelo, pues su cuerpo casi desnudo, estaba cubierto con barro.

El joven hombre aparentaba tener unos 20 años de edad o posiblemente menos. Era de baja estatura, poco más de 5 pies de alto (1,60 cm + -), pero sus hombros eran enormes y sus biceps muy abultados. Su pelo estaba ordenado como el de un luchador de Sumo, con un moño y una pequeña aguja de plata, indicando que pertenecía a los shizoku.

Pero todo esto es de poca importancia. Lo que importaba era la expresión en su rostro: los ojos anchos resplandecín con una extraña luz, una frente amplia, piel de un rojo cobrizo. Apretando sus dientes mientras el viento lo azotaba, irradiaba un aura de tremendo poder. Uno podría haber creído que era un de los reyes guardianes de Deva.

En ese momento el joven hombre asumió una postura baja, sujetando la alfombrilla de paja contra el viento enloquecido. La postura que adoptó era muy impresionante, pues estaba parado como si estuviese sobre un caballo. De hecho, cualquier persona que conociese un poco sobre Karate, inmediatamente se habría dado cuenta que se trataba de la posición del jinete (kibadachi), la más estable de las posiciones del Karate, y de que estaba utilizando el tifón enbravecido para refinar su técnica y para reforzarse aún más física y mentalmente. El viento golpeaba el tatami y al joven con toda su fuerza, pero él mantenía su ubicación sin ninguna vacilación.